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A propósito de la filología

A propósito de la filología
Letra F. Foto Thomas Bresson

A propósito de la filología

Hoy quiero escribir una líneas a propósito de la filología. En las últimas semanas las lecturas y las conversaciones ha convergido con cierta frecuencia sobre la ciencia, lo científico, las cualidades de las disciplinas de estudio, su maravilla (entiéndase la maravilla de cada una de las disciplinas, esa que radica por lo general en la capacidad de descifrar el mundo). Ha sido un debate con cultivadores y defensores de ciencias naturales, físicos, matemáticos y químicos, sobre todo químicos. Apasionante.

Todo a raíz de un libro que en Italia está haciendo furor La lingua geniale. 9 motivi per amare il greco, de la filóloga Andrea Marcolongo. Para muchos, declaran, si les hubiesen enseñado el griego como expone el libro hubiese sido más fácil amarlo y comprenderlo. Supongo que es algo parecido a lo que cualquier filólogo experimenta sobre la física. Y eso porque se partía desde este punto: siendo una disciplina de estudio abstrusa, terminológicamente confusa porque necesitada de explicaciones con un léxico común y por tanto poco clara (serían, en esta visión, las ciencias naturales las que habrían introducido la claridad conceptual y terminológica), sin impacto sobre lo real y sin descifrar el mundo, cojeaba ante otros estudios que terminan por comprender y describir la belleza de la materia y finalmente dominarla. Todo como consecuencia del trabajo desarrollado sobre el método científico para conocer el mundo.

Han sido estas consideraciones las que me han hecho preguntarme cual es la naturaleza de la filología y cómo podría describirla a un no filólogo.

Pero antes, un paso atrás.

La discusión sobre la claridad conceptual sin embargo me parecía y me parece también ahora, una cuestión de sesgo.

La principal preocupación de la filosofía, a la que algunos identifican con un incesante enredo, desde sus inicios en Grecia era la de hallar una expresión léxica lo menos ambigua posible. Es justamente esa necesidad de expresión precisa lo que desorienta a los estudiantes que se acercan a la filosofía, la imposibilidad de usar sinónimos con ligereza, la obligación de adherir al concepto. La falta de una visión transversal, interdisciplinaria e histórica, y la superficialidad que en ciertos casos se ve en la enseñanza de las ciencias naturales, que se enseñan antes que la filosofía, son concausa de analogías fallidas entre las disciplinas y la necesidad e ambas de claridad.

Esa misma falta de claridad que los científicos ven en las lenguas vulgares, real o prejudicial, es lo que impulsa al latín como lengua de ciencia hasta la Ilustración. Y esto tiene mucho que ver con la filología. La explosión de las ciencias naturales en Europa tiene mucho que ver con la filología. La Tékhne Grammatiké de Dionisio de Tracia, a pesar de ser un guía temprana, quedó sepultada por la incoherencia y no fue hasta la cristalización del estudio gramatical de las lenguas clásicas a lo largo del Renacimiento, que dejó listo el terreno para la extensión a las “lenguas vulgares” de los estudios gramaticales.

Sin un adecuado desarrollo de la gramática y la lexicografía, sin su fijación, las ciencias no se habrían liberado del peso de una lengua, el latín, que estaba estrecha para la descripción de nuevas disciplinas y nuevas visiones del mundo. Dicho de otro modo la gramática procura al ciencia moderna un instrumento apropiado para su desarrollo conceptual. Esta no es una línea de superioridad, sino una línea de convergencia.

Desde el tardomedioevo Europa afronta la necesidad de describir, vivir, modificar, codificar un mundo que ha ido ensanchándose progresivamente desde todo punto de vista. El desarrollo de toda forma de conocimiento y de las relativas disciplinas es una manifestación, que dejando a parte la consideración social de cada una de ellas, convergen en mayor medida que divergen; el método científico y su aplicación universal, a despecho de los errores que cada época ha propuesto, ponen de relieve ese intento.

Y llegamos al punto de divergencia.

A día de hoy ciertamente la filología no goza de gran fama. La filología parece no transformar el mundo. Digo parece porque a la hora de la verdad su impacto no es indoloro; hay poca gloria en el modo en que la filología participó a agrandar las diferencias en la última guerra balcánica buscando, trazando e incluso inventando diferencia en el serbocroata según la comunidad de hablantes. Temo que la filología tiene un impacto subestimado. Es una estima hija del momento, cada época tiene sus predilectos y las justificaciones no siempre son objetivas. Tampoco hay hacer un drama de ello.

La diferencia pues entre las ciencias naturales y su impacto en el mundo y la filología es más aparente que real, desde mi punto de vista, seguramente menos evidente para la segunda. La diferencia real entre las ciencias naturales y la filología es justamente la materia de estudio. No es una perogrullada. Las ciencias naturales razonan sobre un mundo externo con un método. Una empresa difícil porque no todo el objeto del razonamiento es observable y requiere por tanto de hipótesis, acercamientos, ideas e intuiciones, formas nuevas de mirar el mundo que ayuden a descifrarlo, dominarlo, plasmarlo.

El terreno artificial

La filología por contra tiene como materia de estudio un terreno artificial. Por natural que podamos considerar el lenguaje esta es una de las formas de comunicación posible y su articulación es distinta si no en cada caso si en múltiples casos. La lengua es una creación humana. Cada lengua con su estructura y sus peculiaridades es única. Cada sistema verbal, cada imagen. Más allá de los rudimentos sobre los que dada lengua se desarrolla, es su desarrollo lo que la hace diferente. Cada hablante acumula inconscientemente una enorme cantidad de estructuras y formas y aprende a usarlas aunque no sea capaz de describirlas. Como dice el chiste, los niños ingleses son muy inteligentes porque desde pequeños saben el inglés. La filología estudia cada forma particular, artificial, de una capacidad natural, cada forma en que cada grupo humano formaliza esa capacidad.

Lo que en general se considera banal porque todo el mundo sabe la lengua que usa es el núcleo mismo de la enorme tarea de la filología. Frente al tiempo en eones de la historia natural de la materia, la historia de cada lengua es la historia del hombre, muy corta, rápida, de metabolismo acelerado.

La dificultad de la filología estriba en ese andar hacia atrás vendados (casi) en un laberinto que la mente humana ha creado sin necesidad de mapas. La filología se mide con la construcción más eficaz y monumental del hombre y que el hombre mismo no consigue explicarse, no del todo. Todos los retorcimientos, los desvíos, las arbitrariedades, los cambios, son la filología: es difícil medirse con las intenciones, con los pensamientos, con los humores. Es una gran belleza. Es una tarea casi inabarcable, siempre insatisfactoria, inconclusa de forma perenne. Moverse en ese laberinto, identificar las intenciones, verificar los objetivos, no resulta fácil.

La lengua nos da a todos la posibilidad de hacer lo que ahora mismo estoy haciendo: comunicar. Nada perfecto. Todo perfectible. Cuanto más es complejo el mensaje, por más que afinemos la lengua, el léxico, las construcciones, tanto más una lengua nos muestra como un espejo. Un espejo profundo que no renuncia a mostrar también las zonas de sombra, las posibilidades escondidas, que no renuncia a mostrar la imagen con las adiciones del espectador. Ah si, la tarea de la filología es ardua, porque arduo es medirse con uno mismo, hombre contra hombre (o mujer contra mujer o cualquier otra combinación que nos venga en mente), salvando las distancias, el tiempo, las clases.

Conclusiones mínimas

La filología tiene mucho que decir y que hacer. No renuncia a la belleza de saber. No pretende salvar el mundo, ni dominarlo, ni cambiarlo, ni codificarlo (admitiendo que en el fondo éste sea el objetivo de las ciencias naturales, quizá no lo sea y todo lo escrito antes sea solo una interpretación posible de la sed de saber). Todo el esfuerzo se va en comprender, en enlazar, en recuperar, en recomponer, en establecer relaciones, en desenredar, en descodificar (vislumbrando a veces, solo vislumbrando), eternamente, lo que sin esfuerzo aparente hacen incluso los niños.

La filología se mide con el hombre mismo, eso es todo. Toda su belleza y su dificultad, su inmediatez y su historia, su gloria y su pena están cifradas en palabras que permanecen.

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