Saltar al contenido →

La autoría del mensaje: de la política a la narrativa.

Vaya por delante. como siempre, que todo lo que se leerá a continuación son pareceres personales. Libres de disentir.

Tenemos un problema que considero serio. Como fácilmente habréis advertido, la situación política sigue dando saltos, algunos imperceptibles o casi, otros mucho más acusados, sin que sin embargo haya mucho movimiento. Uno de esos saltos es el del paso de la comunicación política a la narración política. diréis, no sin razón, que eso ha pasado siempre. El cambio, a mi juicio, es que ese paso se ha ido ahora no en términos diacrónicos sino sincrónicos, contemporáneo, mejor dicho percibidos como contemporáneo pues en realidad es atemporal, al evento. Y esto para mi es problemático en dos aspectos: uno político; otro narrativo.

Me explico.

Desde un un punto de vista político la irrupción de la narración sustituyendo la comunicación y el activismo tiene consecuencias de peso en el establecimiento de un diálogo, que no necesariamente supone un acuerdo final pero que es la base de la política dialéctica contra la política emocional (a la cual, entiendo, pertenece la narración). Si en la comunicación política tradicional teníamos un autor (o un grupo de autores coordinados y dirigidos) cuyo mensaje era después compartido, leído, discutido y finalmente se lo apropiaba el receptor o bien lo rechazaba para, solo, finalmente entrar en la fase de emocional de asunción personal del mensaje: son excepciones de este proceso los libelos y los panfletos incendiarios, que eran reconocibles por cualquier receptor aunque luego pudiese o no apropiarse ellos. La cuestión principal es que se era receptor, había pues una distancia entre la autoría y la defensa o apropiación del mensaje.

En el momento actual es la distancia lo que ha desaparecido. Los papeles de autor-transmisor-receptor han sido anulados. Medios como Facebook o Twitter producen no solo un aumento exponencial de los mensajes, sino que la fácil compartición y transmisión de estos pasa por un momento de anulación de la autora real. Dicho de otro modo, poner el proprio nombre en la transmisión del mensaje genera no un desconocimiento de la autoría real, sino una identificación tan plena y sincronizada en el momento en que se produce, sin distancia alguna aunque realmente la haya, por ejemplo entre un evento y su narración, que ésta acaba por desaparecer, generando un vínculo profundo y emocional con lo que se esta diciendo. Si en un debate tradicional con la anterior cadena de transmisión se podía llegar a negar la validez de lo expuesto ( o al menso intentarlo), en la actual cadena la disolución de la autoría en favor de una idea de autoría difusa, plural, emocional (habría que indagar asimismo sobre el lenguaje usado) tal negación pasa a ser una negación del propio yo, una puesta en duda de la veracidad del yo. Algo así como no puedes negarlo porque yo lo sé, yo no miento, etc. No es necesario que esas afirmaciones sean veraces, basta que se sientan veraces. El efecto inmediato es de la desaparición del debate, la negación de la dialéctica, porque no se trata ya de discutir ideas sino de negar evidencias emocionales.

La narración política elimina el debate en favor del establecimiento de consignas incontrovertibles. Y con esto cualquier posibilidad de acuerdo, pues éste pasa por la victoria de una emoción sobre otra.

Dante Alighieri, fuente Wikipedia
Dante Alighieri, fuente Wikipedia

Ahora bien, si esto era el aspecto político de la narración, el aspecto narrativo es también interesante. Como he dicho la autoría se disuelve. Se establece una autoría difusa, plural, emocional en la cual el mismo mensaje posee indistintamente N autores. La autoría del mensaje no es colectiva en el sentido que pertenece a un grupo de personas o entes identificables sino en el sentido en que pasa a ser de todos, nunca de ninguno no tiene ese sentido colectivo, de cada uno de los que transmiten el mensaje. ¿Supone esto la desaparición del autor o una nueva dimensión? ¿Si trasladamos este fenómeno a la literatura que impacto tenemos? Chocamos de lleno con el concepto de plagio, de fuente, de citación y también con la proliferación incontrastable del mensaje, de la casi imposibilidad de control. Chocamos también con la dimensión emocional de la apropiación que no se vive como tal y volvemos a la idea prerrenacentista que no ve el autor sino en incorporaciones personales al mensaje/obra, reinterpretaciones que hacen propia un mensaje/obra ya transmitido. Cierto es que hay en esto un diferencia con la transmisión casi automática que se realiza en las RRSS, pero pone sobre la mesa la cuestión de como abordar la utopía en medios híbridos, casi automatizados, replicantes, emocionales, cuyas fuentes corren el riesgo de desaparecer por propia voluntad o por falta de manutención. Y esto sin abordar la cuestión de la permanencia temporal del mensaje, la posibilidad de cancelación aunque no sea total. ¿Tendremos que reconsiderar la autoría de las obras a la luz de esto en futuro? ¿Para las obras futuras o también para las pasadas y presentes? Sé que todo esto no es más una serie desordenada y poco sistemática de apuntes, no me lo escondo, pero creo asimismo que se debe explorar más a fondo este fenómeno, porque sus implicaciones son determinantes para conceptos como autor, pero también para las aplicaciones del mismo concepto, por ejemplo en su aspecto jurídico legislativo, en un mundo en transición.

Publicado en Escritura

Comentarios

Deja un comentario