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Historia y el sentido de la novela histórica

Car_of_history
Clio, musa protectora de la Historia

Si examino la crónica política y la misma Historia como constructo ideal, saco la conclusión que inevitablemente la historia se construye, destruye, reconstruye, deconstruye en modo sistemático y eterno, porque es hija de cada época y de la mirada de los hombres en cada momento; el fundamento del moto es variable y así puede verse en un rápido excursus que va de Hobsbawm a las fake news. Girarse y mirar hacia atrás supone, en términos generales, la reconstrucción de un panorama mental lejano al nuestro, que heredamos y sepultamos al mismo tiempo y por tanto en nuestra mirada no hay más que una presunción diacrónica, eso en caso de una honesta cuanto ingenua posición intelectual. Sobre todo hay, en esa mirada, una necesidad o acaso una voluntad de componer un cuadro completo, que resulta por necesidad un cuadro excluyente de las restantes miradas.

El problema, porque es un problema en el sentido que genera un conflicto sin manifestar la aspiración de resolverlo, resulta casi ético cuando la construcción/reconstrucción/destrucción/deconstrucción se fundamenta en el mito sustitutivo de la Historia, es decir en la propuesta de un mythos formativo de la realidad ante un logos, una forma dialéctica y explicativa de realidad. Si la historia admite réplicas y debate (ideológico y dialógico), el mito admite solo adhesión o repulsión. Es ahí donde sitúa hoy la política a la Historia, en el rincón de lo indebatible, lo que significa en colocar a la política fuera de la posibilidad de encuentro dialéctico: como se usa decir hoy, se va al choque de trenes. La historia deja de ser un lugar de encuentro posible, aun cuando se trate de un espacio conflictivo y profundamente ideológico permanece un espacio dialéctico y por tanto abierto a soluciones y síntesis alejadas de los postulados iniciales, para ser un terreno de invención particular, desligada de la realidad observable o cotidiana porque esta ya no es su referencia. Es decir el exacto contrario de lo que W.Benjamin cifraba como Historia “cuando una era se derrumba la historia se descompone en imágenes y no en relatos”; en el derrumbe se revela una narración de sentido único y estrecho. Se convierte por tanto ya no en ámbitos/espacios afines con divergencias tácticas de visión política, sino al contrario, en un terreno de invención de facciones ideológicas afines pero divergentes dentro de un territorio y un tiempo. Un resultado implosivo desde múltiples puntos de vista.

Desde esta perspectiva cabe preguntarse el sentido de la “literatura histórica”. El gran éxito de este tipo de literatura, que parte de una situación histórica para hacer de un episodio el inicio de una trama narrativa escoge, inevitablemente, un punto de vista. La cuestión que me planteo es, ¿qué validez tiene esta forma narrativa ante una situación en la que la historia deja de ser dialéctica para ser normativa?, ¿tiende entonces a apoyar la reapropiación de la dialéctica en la historia o avala la formación de un nuevo mythos fundador? No creo pues que se trate de una forma inocente de narración y en cierto modo ha colaborado a recolocar al lector en un marco artificial en el que se afirman certezas y no se hacen preguntas, en la que no se divulgan las interpretaciones sino que se afianzan los mitemas. Obviamente siempre hay excepciones, pero sitúo, equivocándome quizá, la novela histórica como un agente, percibido como inocuo, de una visión fosilizada arcaizante, iliberal e incluso poco democrática, que se funde con concepciones elitarias y exclusivistas, lo mismo que cierta narrativa fantástica. Por otro lado, en una situación en que la política rediseña la historia con sucesivas fases de construcción/reconstrucción/destrucción/deconstrucción la novela histórica parece perder toda capacidad de fabulación: su espacio ha sido consumido por la política. Un situación en que la novela pasa a ser servidora y no protagonista de un concepto del mundo y un concepto del mundo que tiene de falsearlo para hallar una estabilidad que le falta, se confunden los planos entre ficción y realidad, porque la política se ha adueñado de la narrativa, ha narrativizado (si acaso el término no existe me lo invento) la realidad partiendo con frecuencia desde zonas marginales, desde ángulos que una vez caían en la intrahistoria o en la historia trágica, dramatizando la historia hasta convertirla en un evento emocional que acepta solo respuestas polarizadas y, en conclusión, desposeyendo a la novela de su razón de ser, quitándole de bajo los pies todo fundamento.

Suena a desahogo y es posible que así sea o por lo menos puede ser también eso. Creo también que existe otra narrativa que situándose en la historia a optado por mostrar su progresiva descomposición como fundamento de identidades y nacionalidades, que muestra como al historia denota y registra también la fragmentación de la realidad moderna y sobre todo posmoderna.

Igual que los espacios se han multiplicado bajo el prisma de la multiplicidad real/irreal/ficcional, del mismo modo el tiempo y la historia han sufrido progresivos desdoblamientos y multiplicaciones, aceptando una pluralidad de historias posibles, fragmentarias e incompletas, sectoriales, temporales. El problema, relativo para la narrativa aunque de peso, es fundamental para la historia como disciplina científica porque pone el acento en la necesidad de hallar y apropiarse de un fundamento ontológico que se aleje del mythos en favor del logos, entre cuyas derivaciones y consecuencias se halla la política.

 

Publicado en Escritura literatura Narrativa

Un comentario

  1. de cabo a rabo me lo he leido …. no podia separar los ojos del textro …. fascinada por la reflrxion ….gracias

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