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El derecho a exiliar el manuscrito

Existe, o debería existir, un debate sobre lo que podríamos llamar el derecho a exiliar el manuscrito.

Hace algunos días debatía muy brevemente (discutir es otra cosa) con José Antonio MIllán (@librosybitios) sobre la relación entre originales y edición crítica: más exactamente sobre la relación entre originales (manuscritos o no) y edición crítica.

La conservación de borradores, notas, apuntes ha sido una práctica de muchos autores que ha ayudado, no poco, la edición crítica de la obras; otra cosa sería la colación de diferentes manuscritos en relación a obras antiguas, en el caso en que estos existan. Es más, esta práctica de (auto)coleccionismo privado ha ayudado a trazar y comprender las formas creativas, los cambios en la creación de los textos, los apoyos metaliterarios y extraliterarios de los cuales se han nutrido los autores durante el periodo de incubación y creación de la obra, para realizar ediciones que incluyesen variantes descartadas por los mismos autores.

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Joyce a brazo partido con el Ulises.

Inciso – Si en época pre-digital todo esto requería cuadernos, pilas de folios, y trabajo manual, hoy todo puede reducirse al uso cotidiano de las copias de archivo y el uso del control de cambios y versiones.

En definitiva, de la conservación nace un recurso.

La cuestión de fondo era y es si un autor debe conservar (o preservar, según el punto de vista) estos materiales para las futuras ediciones críticas y para un mayor conocimiento futuro de quien era y qué escribía, o por el contrario no.

Todo se reduce, a mi modo de ver, a una cuestión de ego: o bien el autor apuesta por la conservación como modo de testimoniar todos estos pasos del proceso creativo a los futuros lectores o estudiosos (¿queremos hablar aquí de la caída del número de lectores? No, no queremos) o bien decide hurtar todo este material.

Ahora bien, ¿por qué lo uno o lo otro? Apunto a un aspecto que de marginal durante el proceso de creación para a ser fundamental en la definición de la creación: la obra final, en otras palabras el resultado final como único resultado válido. Todos los apuntes, notas, versiones, correcciones tienen validez solo y exclusivamente mientras la obra no alcanza el valor de definitiva. Podremos hallarnos ante un autor, por qué no, que no atribuya el papel de definitiva a ninguna versión de su obra: en este caso podremos realizar la edición crítica de las notas de una obra inconclusa, pero nada más. Si el autor establece que el único valor reside en el forma final de lo que él ha querido decir escribiendo, creo que podemos comprender la decisión de esconder a las generaciones venideras todo el resto, porque carece de importancia a sus ojos que ven solo la obra concluida como documento con sentido. Podríamos tener un autor que conservase todo, pero a menos que lo haya manifestado, ¿podemos estar seguros que entrar en sus notas no viola su intimidad? Yo me pregunto, desde este punto de vista, cuánto podemos invadir la vida de un autor.

Podemos perder mucho desde un punto de vista de conocimiento de proceso, de modificación de criterios, de aplicación e criterios en la obra de una autor a través de los materiales, pero nos queda siempre la nota definitiva de la obra concluida. Quizá debería bastar.

Es evidente que nuestra curiosidad no se sentirá apagada con esta consideración pero pone de manifiesto la tensión entre la obra y el proceso, entre otras diversas consideraciones. Finalmente, el autor puede decidir no prestar oídos que a su propio juicio y no es criticable, creo, en modo absoluto, porque bajo ningún concepto está sujeto a la posteridad más allá de lo que desee: es lo que podríamos llamar el derecho a exiliar el manuscrito.

 

Publicado en Escritura filología literatura Narrativa

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