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Utopía y distopía: una conversación con Santiago Casero

En la última entrada abordé la cuestión de la utopía y la distopía en la literatura. Esta vez traigo una conversación (o entrevista) con Santiago Casero a propósito de estos dos conceptos y sus formas. Aunque como veréis no solo se habla de eso.

Utopía y Distopía. Iniciando la conversación

Vuelvo a la carga a propósito de utopía y distopía, pero quiero ir otras voces, otras ideas. Así pues he contactado con Santiago Casero para un breve intercambio. Este es el resultado, estimulante.

Antes de proseguir presento a Santiago Casero. Es un escritor quizá no muy conocido pero cuya producción considero interesante cuando no remarcable. Se ha ganado su etiqueta de autor distópico, como él mismo proclama más o menos en serio. Es por ese motivo que he decidido plantearle algunas cuestiones, porque siempre es bueno cotejar ideas, cambiar impresiones.

Es frecuente ver o leer utopía como futuro de un presente o presente de un pasado, es decir como un desdoblamiento temporal. También es posible hablar de un pasado utópico en un presente actual. ¿Por qué ese desdoblamiento? ¿por qué no parece plausible una utopía en el presente actual?

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Santigo Casero autor distópico

Soy de la opinión de que en este tema, como en casi todos, hay que acudir a los clásicos, hasta en el terreno de penumbra que es la especulación respecto al pasado y al futuro, que son los dos territorios simétricos de la no realidad, aquellos en los que el modo adecuado de trabajo debería ser el subjuntivo  antes que el indicativo, esto es, el modo del deseo y de la duda. Al respecto, recuerdo ahora una  cita extraída de la obra de Alexander Kluge, su casi olvidada “Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos”, en la que decía algo así como que la utopía se hace mejor mientras la esperamos. Es toda una declaración de principios, porque en el fondo es una renuncia al presente para apostarlo todo a un futuro que no va a llegar  nunca, o, si llega, va a parecernos siempre insuficiente como meta de una utopía. “Nunca antes el futuro nos había parecido tan anticuado”, sentencia Will Self, autor de “Grandes simios”. Y algo parecido se podría decir del pasado, dado que éste rara vez ha ocurrido como lo pensamos ahora. Hasta el pasado se puede mejorar si dejamos que el tiempo haga su trabajo. Entonces, a la duda que me planteas, definitivamente la utopía es imposible en el presente porque es inalcanzable. Es la tortuga en la fábula de Aquiles y la tortuga. Si alguna vez creemos haber redondeado una utopía en nuestro presente la vamos a confundir con otra cosa. Yo diría de hecho que la impresión actual, después de una brutal crisis económica (las crisis de cualquier naturaleza son las grandes generadoras de distopías literarias y cinematográficas) tendría que ser la de que hemos confirmado alguno de los temores de los que nuestros grandes distopistas (Orwell, Zamiatin, Huxley…) nos habían prevenido y también muchas de las terribles certezas que llevaban implícitas las principales utopías, las pesadillas que su costoso logro, al menos desde que Voltaire describió con tanta ironía el Dorado en “Cándido”, han causado a menudo a nuestros antepasados más cercanos, los que habitaron el siglo pasado. Pero éste es otro tema.

Utopía funciona como sinónimo de “bueno deseable”, en parte por su raíz etimológica, pero también funciona como negación de los mecanismos del materialismo histórico, del pensamiento hegeliano. Todo parece congelarse en las utopías, donde el bien o lo bueno asumen las connotaciones de la estabilidad, de la perfección y por tanto congela la historia. Bajo tu punto de vista ¿eso eso verdaderamente la utopía?

Creo haber respondido ya en parte a esta pregunta en mi observación anterior, desde el momento en que asumo la tesis de Kluge respecto al carácter perennemente perfectible de eso que llamamos “utopía”, condición por cierto que comparte con la propia noción de democracia. No concibo una utopía más deseable y al mismo tiempo más costosa que esa que llamamos “democracia” o “gobierno del pueblo”, y creo compartir esta suerte de insatisfacción con muchos de mis contemporáneos. Sin embargo, lo que nos debería hacer reflexionar al mismo tiempo es que para un campesino centroeuropeo de la Edad Media nuestra actual democracia habría constituido la más hermosa de las utopías, si hubiera tenido tiempo y hubiera sido capaz de sentarse a reflexionar como lo hacemos nosotros ahora.

Distopía, moda y ciencia-ficción

En mi opinión utopía es, puede ser si se prefiere, un horizonte ideal, un punto a que tender y por tanto una idea general del devenir. Se trata por tanto menos de un estado, una forma concreta, y más una tensión. Lo cual dista mucho de la opinión corriente. La distopía se entiende justamente como contrario en la opinión común, una forma negativa de la utopía. Remitiéndonos a Stuart Mill es un “mal lugar”, una permanencia de inestabilidad y colapso. ¿Es eso la distopía? ¿Qué definición podemos dar? ¿Cómo es posible hablar de presente distópico?

La distopía se ha puesto de moda entre los escritores, y ha saltado al cine de manera exitosa. De lo que no estoy seguro es de que los públicos que leen ciertos libros catalogados con este etiqueta o ven las adaptaciones de los mismos en las salas de cine sean consciente de que en realidad, de una forma más o menos directa, se les está alertando de riesgos que empiezan a insinuarse en el horizonte no de sus descendientes sino de sus propias vidas, que no es otra cosa lo que se entiende por distopía y por lo que sí que es posible, siempre, referirse al presente haciendo uso de esa advertencia que incluye el adjetivo distópico. Si alejamos las amenazas demasiado o las subimos en naves espaciales pilotadas por razas extravagantes, la distopía empieza a transfigurarse en ciencia ficción y la inquietud da paso a la banalidad de la pura fantasía.

En otras palabras podríamos decir que, en cierto modo, la ciencia ficción es más la forma en que el futuro refleja el presente, en una gran distorsión temporal. Por otro lado utopía y distopía viven en permanente desdoblamiento espacial: o son un mundo ajeno al nuestro o nuestro mundo parece ajeno, una especie de reflejo. ¿Necesariamente utopía o distopía deben parecer ajenos a nosotros mismos? En este sentido, ¿por qué Crónicas Marcianas es ciencia-ficción y no una novela utópica/distópica? ¿Que papel juega la cercanía en estas atribuciones?

Como soy un escritor algo distópico, me adelanto siempre a la invitación que me haces con tus acertadas observaciones, pero puedo matizarme a mí mismo diciendo que la distancia que nos acerca o nos aleja de la distopía no es sólo física. Quiero decir que no se mide en años sino en posibilidades teóricas, o al menos en la forma en las que percibimos estas posibilidades. Cuando algún escritor, sobre todo si es competente, propone una trama en la que el ser humano está sometido al control de sus actividades o de sus pensamientos por un poder absoluto y despótico, lo que menos importa es que sitúe la acción de su historia en la época estalinista o en un futuro con uniformes de papel aluminio. El lector va a interpretar ese argumento como una advertencia a la que debe atender porque ya intuye la proximidad de esos riesgos en su presente inmediato. 

Distopía. utopía y tiempo

En general consideramos el tiempo como algo lineal, la historia como una sucesión de momentos pertenecientes al mismo tiempo. Desde la posmodernidad hemos de admitir que el tiempo ha dejado de tener estas características. Quiero decir que se ha roto el tiempo como sucesión, se ha roto la cadena causal y quedan solo correlaciones en tiempos subjetivos ¿cómo se concibe la utopía y la distopía en este cuadro, donde la linearidad se ha roto y la imprevisibilidad es solo una cuestión de porcentaje, de posibilidad?

El tiempo es uno de los grandes protagonistas de las historias distópicas y de las utópicas porque es el gran protagonista de nuestras vidas, de modo que ha estado presente siempre en las ficciones que han jugado con la idea de ofrecer alternativas quiméricas del presente. No perdamos de vista el hecho de que algunas de las mejores historias de eso que Coleridge llamaba “fancy” tienen que ver con la manipulación de la linealidad del tiempo. El gran H. G. Wells nos dejó la mejor historia al respecto, y, más recientemente, cierta popular saga cinematográfica que trata del regreso al pasado ha basado su éxito en la misma premisa. El propio subgénero de la “historia ficción” aprovecha el potencial imaginativo que esta posibilidad le ofrece, introduciendo alternativas ficcionales en el tiempo histórico. Más allá de esto, no creo que la posmodernidad, como tú dices, pueda aportar una distorsión de esta realidad que no sea un recurso narrativo. Pero bueno, el concepto de posmodernidad es filosófico, si no me equivoco, y la mayoría de los filósofos habrían querido en realidad ser escritores de ficción. Algunos lo consiguieron, por cierto.

Para finalizar me queda una cuestión que ronda por los límites de los que hemos hablado: la relación entre realismo narrativo y utopía o distopía. Quiero evitar la cuestión de realismo como visión de  la realidad social y política, es decir del realismo como eje político y que es ocasiones se convierte en sinónimo de pasividad o cinismo. Me interesa al contrario la cuestión técnica de la  narración: la relación formal y e los ejes en que pueden separarse técnica narrativa, verosimilitud y mensaje en este caso utopía o distopía. Dicho de otro modo más sintético, ¿en relación a la utopía o la distopía cual es el nexo mensaje-forma? ¿Existe? ¿Es influyente?

Si por “forma”sugieres, como me parece entender, las decisiones técnicas previas al relato, los andamios y los planos para poner en pie la narración, jamás voy a aceptar que el mensaje encerrado en una fábula distópica pierda verosimilitud o fuerza por el hecho de que la elección haya sido una u otra, y esto por el simple motivo de que no acepto esa determinación en ningún subgénero de la prosa. Casi diría que al contrario: si bien desconozco cuáles son estadísticamente los recursos más conspicuos de la escritura distópica, me parecería perfecto explorar técnicas insólitas, puntos de vista inesperados, voces narrativas heterodoxas. No es que yo sea un gran creyente en los experimentos literarios, más que nada porque pienso que a estas alturas lo único sorprendente o escándaloso en la literatura es escandalizarse o sorprenderse por una supuesta novedad (ya se ha dicho todo y de todas las maneras: esto sólo lo desconocen los jóvenes, como es su obligación si quieren seguir escribiendo), pero sí que soy ferviente partidario de no dejarse encorsetar por los códigos de un género o de un subgénero.

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