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Censura y autocensura

Censura y autocensura

Censura y autocensura son los términos que hay revelan una fuerte tensión social en todo el mundo. Una cuestión que preocupa en la medida que refleja no la lucha social, sino la forma radical en al cual se pretende eliminar esta lucha: censura y autocensura son las formas definitivas con las que se acalla la confrontación.

Para empezar no podemos olvidar que existe también una censura atávica, lingüística, que llamamos tabú, que se centra en la lista de de las palabras prohibidas que cada sociedad genera y que, claro, cambia con el tiempo  (La censura de la palabra. Estudio de pragmática y análisis del discurso, José Portolés, 2016 Publicaciones Universidad de Valencia. Una idea de investigación se perfila en: https://revistascientificas.us.es/index.php/themata/article/view/599).

Censura

Ninguna sorpresa hasta aquí. Ambos fenómenos, censura y autocensura, se basan en la eliminación del otro tacitando su voz, y se adscriben al poder, a quien o a aquellos grupos que detienen y ejercen el poder. No es una exclusiva. Los grupos emergentes que pretenden ejercer ese mismo poder también censurar, ejerciendo presión.

Parece increíble que esta tensión a coerción sea tan frecuente, como si se tratase de una “pasión infeliz” compatriota por todo tipo de ideología. Quizá hay que relevar su raid en la constancia que mostramos por construir instituciones, sociales y mentales, que tienden, a causa de esa “pasión” a construir también prohibiciones, de la palabra y la imagen, del arte y de la escritura que reducen todo a silencio.

J.M._Coetzee
Foto, Mariusz Kubik, http://www.mariuszkubik.pl

El gesto punitivo de censura tiene su origen en la ofensa, sostiene Coetzee (J. M. Coetzee,

Giving Offense: Essays on Censorship, en castellano Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar; Traductor: Pedro Tena, Debate ISBN 978-84-8306-713-0, 2008.). La fuerza del ofendido reside, dice, en la ausencia de la duda sobre la legitimidad de su reacción, (cualquiera que sea la forma en que cristaliza, añado), pues es incapaz de dudar de si mismo (y ahí reside su debilidad según el autor sudafricano). Salir de este bucle supone oponer a las certezas del censor las virtudes de la duda y la tolerancia.

El algoritmo

Es fácil observar como la censura en los tiempos corrientes, lo que se llama ahora el tiempo de internet, se ha popularizado. Hemos pasado de censuras orgánicas a censuras universales, atomizadas pero no por ello menos letales. No pasa día sin linchamiento, sin censura colectiva y popularizada. Y es que los algoritmos cibernéticos refuerzan las certezas que son los prejuicios y los preconceptos de cada cual en un círculo vicioso por el cual se obtienen  la informaciones que coinciden con “nuestro” punto de vista, emparedándonos en un prisión conceptual, una moderna cueva platónica homologante. El algoritmo que resuelve nuestras querencias  no es casual ni inocente. La informatica es predeterminista, La censura insita en el algoritmo es humana e intencional. Y no hay que olvidar que ser refrendados tiene un aspecto cognitivo: en nuestra ceguera nos produce una sensación de bienestar, dopamina del “tengo razón”. La censura pues tiene esa virtud diabólica de colocarnos en un centro blindado de satisfacción, inmunidad y seguridad que la censura orgánica, institucional no ofrecía ya. 

No deja de parecerme curioso que la censura y la pos-verdad tengan un punto de contacto en esa satisfacción de lo útil para nosotros, en lo corroborante de la visión sus ritos y el silencio de otras voces: como decía Onofre Castells (@OnofreCastells) en un tuit reciente “Las verdades que más abundan entre nosotros son ajenas a normas epistémicas y muy cercanas, por decir así, a la concepción nietzscheana de verdad, a saber, la verdad es algo que se desea o, tal vez,  simplemente a esa verdad pragmática que apunta a lo que le va bien a uno.”

Autocensura 

Y el Autor (así en mayúsculas, subrayando su ser abstracto y colectivo)  padece esa presión en formas muy diversas: presión su sentido civil. sobre su pertenencia grupal. Que la cuestión se hace difícil porque el autor puede admitir como lícita, por compartir ideales u objetivos más amplios, la limitación de su expresión y de ahí la autocensura.

Puede haber presiones sobre el Autor haciendo hincapié en su responsabilidad parental, sobre su responsabilidad familiar. Perder el trabajo o que miembros de la familia lo pierden, o no hallen, o que la calidad de la via padezca un sensible disminución. Perder un contrato, perder lectores, ser boicoteado. Muchas son las formas en que el Autor puede ser víctima de la censura y por tanto de la autocensura. Se puede decir que por su complejidad, por las complicidades que implica, por los compromisos que comporta sin aceptación y por las negociaciones a las que se ven abocados los Autores a cada frase, línea o capítulo, la autocensura es la forma más insidiosa en que se manifiesta la censura.

Decía un autor de libros policiacos que cuando aparece la autocensura se tiene un hombrecito verde que te susurra continuamente “¿Seguro que quieres escribir eso? Tendrás problemas”. Kundera o Solzenicyn demuestran en sus memorias que esto es un sentir común cuando la censura ya forma parte de cada uno.

Los algoritmos son una autocensura del Lector no menos que del Autor; consciente o inconsciente. Pero formas sutiles como lo “políticamente correcto”, es decir el intento loco y total de no ofender nunca a nadie, y tengo la sensación de que esa definición de ofensa llega siempre de terceros ajenos o hipersensibles, constituyen también una autocensura. Aquí el Estado con sus mecanismos censores puede tener su papel, pero ya no es necesario o imprescindible. 

El estado también tiene la capacidad de trasladar los intentos censorio a terceras partes a través de mecanismo civiles, como la aplicación de la ley (y ocasionalmente de la justicia). La famosa ley Fraga sobre censura puso el peso de la misma en el Editor, ya no en un organismo o en el Autor, con el resultado convertir al mismo Editor en censor. Así podemos enumerar los casos emblemáticos, aunque no únicos por desgracia, de Taurus o Ariel, pero también Seix Barral o Lumen. Terminó la cuestión en una autocensura de los mismos autores, escogiendo así qué censurarse antes de que lo hiciese el editor bajo la amenaza de una querella y la retirada del libro (Discurso de autora: género y censura en la narrativa española de posguerra, Lucía Montejo Gurruchaga, 2013, UNED).

Salidas al dilema

Visto de este modo no hay salida a al dilema. Y sin embargo existe, porque no todos los Autores se pliegan a esta solicitud indebida de la política, entendida como imperio y no como espacio de gestión e ideación e lo común, en relación con la cultura.

¿cómo evadir? Opciones

Evadir es la palabra, porque el clima que genera la censura y la autocensura es el propio de una prisión sin paredes; todo son constricciones formales, ideológicas, prácticas.

La opción primera es la huída total, el alejamiento completo. Algo utópico y quizá irresponsable si es cierto que la oposición a la censura es la manifestación de la libertad de otros.

La segunda solución evidente es crear una zona autónoma, distinta, separada, que no segregada, de la principalidad de la sociedad. Una zona en la que sea posible comunicar sin censura sirviéndose de grupo y circuitos reducidos. Como es lógico esto determina libertad en cambio de marginalidad.

La tercera opción es acotar el campo de acción, tratar temas y formas que reduzca a un cero tendencias el interés de la censura. En otras palabras optar por una de las dos posibilidades que ofrece este proceder: la marginalidad o la irrelevancia, que en el fondo son trasuntos idénticos tras esta elección.

La última y cuarta via es la que todos conocemos como “heroica y sagaz resistencia a la censura”. Quien no ha oído hablar de como A o B esquivaban la censura gracias a metáforas o a la polisemia o a otros recursos como trasladar el problema a otra realidad, quizá hipotética o imaginada en un ficción desaforada. Sí, es cierto que esta es esa parte en que la autocensura y la censura parecen hallar su reverso, la parte salvaje que suponen y que se resiste a ser tal, obrando en su propia contra. Un terreno en que el compromiso del Autor para esquivar la censura se solapa con el compromiso del autor con sui intención de no ceder por completo a ella y a la autocensura, sin por ello jugarse el tipo.

Ahora bien, esta estrategia de huída, de evasión de la tenaza censoria requiere dos esfuerzos principales (muchos más de hecho): uno imprescindible por parte del Autor, otro necesario por parte del Lector. Si la autocensura del logaritmo, decíamos, es un concurso de Lector y Autor, la resolución de la censura necesita de una Lector capaz de descifrar el mensaje oculto y el Autor debe poner la claves al alcance. tarea no fácil y más expuesta de lo que parece en principio (aunque como es obvio el lector puede forjar sus propias claves interpretativas, recomponiendo el texto y lo hace). El obstáculo principal reside en que una lectura de este tipo requiere un lector incómodo, un lector crítico, pero también un Ciudadano autónomo.

Conclusiones mínimas

No puede dejarse solo a Editores y Autores, que a la par de quienquiera de nosotros son personas con su temores, posibilidades y responsabilidades: mejor no hacer de ellos héroes vocacionales. La ruptura de la censura no es un hecho solo literario, es un hecho cultural en toda la extensión del término.

Cierro esta reflexión personal diciendo que al dinámica relación del hombre con la censura no augura una rápida superación, pero tampoco que esta pase a ser eterna, sobre todo si nos esforzamos en crear, en la medida de nuestras posibilidades, relaciones civiles y ciudadanas muy dudosas y muy tolerantes a excepción de con nosotros mismos.

Publicado en Escritura Libro Literatura Sociedad

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