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Escribir escribiendo sin jamás escribir

Escribir escribiendo sin jamás escribir.

Una de las cosas que habla, aunque ahora yo solo escriba, más y más claro de esta época de egocentrismo, de la cual los escritores (¿debo incluirme?) no escapan y si acaso caen con mayor frecuencia, es la sensación e idea de que nuestras propias obsesiones son obsesiones para todos los demás. Es tal el taladro percutor de esa clara evidencia, (¿clara?), que no hace falta examinarla. Por ejemplo, desde hace un par de semanas parece que uno de los temas recurrentes es cómo escribir; entiendo con ello el método de escritura. Dicho de otro modo escribir escribiendo sin jamás escribir. 

Un escritor que conozco desde no hace mucho se impulsa con la idea del ejercicio cotidiano de la escritura. Se apoya para ello en todos los escritores que en el mundo han habido que han aconsejado y practicado tal cosa: escribir todos los días con una tozudez formidable. El ejercicio disciplinado es lo que crea la escritura, al escritor diríase. Bien es cierto que la práctica hace al maestro, ¿pero es esto cierto para el escritor? No estoy tan seguro.

Escribir dejando de escribir

Se decía que García Lorca escribiese poquísimo, pero fuese un gran tostón para sus amigos porque recapitulaba una y otra vez el texto que tenía en mente, proponiendo sin cesar variantes, correcciones y añadidos. Así, efectivamente, escribía poquísimo y con pocas variaciones cada texto. ¿de verdad no había estado escribiendo? Que sea cierta o no la historia de Federico García Lorca es lo de menos. Pone sobre la mesa el hecho que el escritor escribe siempre, escribir escribiendo sin jamás escribir; qué otra cosa hace en su mente una persona que se consume en la literatura, como un matemático lo hace con sus números o un físico con sus fórmulas. Los personajes obsesivos no pueden separarse jamás de la actividad que les consume. La disciplina de la escritura resulta apenas una forma de entrenamiento, no diverso de todo el resto.

Escribir escribiendo sin jamás escribir

Así pues quien como Foster Wallace tenga 5 borradores, veinte o solo dos, tendrá solo más o menos endurecidas las yemas de los dedos y será harto difícil contar el número cierto de borradores que se han tejido y destejido en las neuronas de cada escritor; ignoro si los escritores tiene  patrón, ¿podría nominarse Penélope madrina de los escritores?

Obsesiones

Las obsesiones lo son todo en las mentes que se aplican con tanta fuerza a una labor creativa. Póngase en fila de Juan Ramón Jiménez a Bohr y se cubrirá un notable distancia. Si escribir y cómo hacerlo es parte de la obsesión de cómo se escribe lo que se escribe, no menor es la obsesión por categorizar la escritura. Darle una estructura es una forma de elevarla, de darle una consideración que a dia de hoy tiende a desaparecer: o se escribe como actividad profesional y obsesiva o bien se escribe apenas (o en el peor de los casos se escribe mucho pero más valdría no hacerlo, y aquí la ácida Szymborska aparece para hacer adeptos).

Perspectiva

Y no deja de ser curioso que mientras la abundancia de escritores diluye su prestigio todo crece que quiere ser escritura: la novela gráfica es escritura, he leído recientemente. Se confunde pues narración y escritura: dibujar no es escribir. Casi lo mismo que escuchar no es leer. el prestigio de la escritura no se diluye, se ambiciona, como el de la lectura o del estudio. Pocos leen, pero todo se convierte en leer; quizá no andando mucho alguien diría que las señales de tráfico constituyen una lectura. Se confunde la lectura con la narración, la oralidad con la escucha. Nadie da ya peso a una licenciatura o a un doctorado pero se coleccionan másteres y certificaciones incluso trampeando. Se pierde la perspectiva y en la confusión es imposible colocar cada cosa en su sitio. Lo que se diluye, temo, es la validez que se le otorga a la escritura o la lectura o al estudio como motor social, como motor cultural. No se ve ya el cambio que produce en las vidas porque no hay un resultado material tangible de este cambio. De este modo decae su importancia su prestigio de práctica, queda solo el contorno. Y sin duda esto es mucho más grave.

Conclusiones mínimas

Lo reconozco, todo esto que nada suelto por el mundo, como otras tantas cosas, lo he notado por formar parte de mis propias obsesiones. Que lo voy a hacer. Mis obsesiones sobre la palabras , sobre su peso, su organización y su resultado. No siempre son como las pensé o ambicioné, pero son siempre de una importancia mayor a lo supuesto. Sigo pensando sobre mis obsesiones, profundas o transitorias, y sobre ellas organizo un  sentido de la vida. Quién sabe con qué validez. Lo hago todos los días, a todas horas, escribo siempre mi guión y solo a veces los escribo escribiendo. Pudiera ser también que no todo obedezca a una simple monomanía.

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